Posibilidades en universos alternativos
Relato corto de ficción sobre neurodivergencia
Un suscriptor me ha mandado un pequeño texto o “cuento” de ficción y la premisa me ha resultado extremadamente interesante.
Por supuesto esta persona está en un proceso de auto-identificación dentro del espectro neurodivergente, entendiendo y recordando muchas de las cosas de su pasado y viendo como puede darles una nueva definición.
Es un texto sencillo, sin grandes pretensiones, pero recuerda a estas series futuristas en las que los autores cada vez imaginan posibilidades mas extrañas.
Tal como sucede en estas series, entendemos que se trata de ciencia ficción, pero a la vez nos parece algo que puede llegar a pasar o que pasaría si el rumbo de las cosas hubiera tomado otro cauce.
No quiero hacer Spoilers, os pongo el relato y luego lo analizo como el buen “friki” que soy.
Soy lineal
Si eres lineal, esto no es para tí.
El caso L-17
A Lucas no le dolió el diagnóstico, le dolía el silencio que venía después. La psicóloga cerró la carpeta con una suavidad excesiva y su madre evitó mirarla a los ojos. En el papel, bajo el encabezado Expediente L-17, decía: Trastorno de Pensamiento Lineal Persistente. Pero para él, solo significaba que su mente prefería caminar paso a paso mientras el resto del mundo insistía en volar en todas direcciones.
Lucas tenía once años cuando entendió que algo en él no funcionaba como en los demás. Mientras sus compañeros respondían con mapas mentales que se ramificaban en tiempo real, metáforas cruzadas, simulaciones contradictorias que convivían sin cancelarse, él levantaba la mano y decía:
—Creo que primero va esto... y después aquello.
El aula se quedaba en silencio. No incómodo. Preocupado. La maestra, entrenada en pedagogía inclusiva, activaba el protocolo con suavidad:
—Está bien, Lucas. Respira. No necesitas ordenar ahora. Intenta soltar. Deja que las ideas floten juntas.
Pero Lucas no podía. Su mente avanzaba como una flecha. Un paso. Luego otro. Sin bifurcaciones. Sin simultaneidad.
Los demás niños generaban diez soluciones en un minuto. Él necesitaba ese minuto entero para completar una sola idea, de principio a fin, sin saltos.
En las pruebas de creatividad divergente —requisito estándar en todas las escuelas— sus resultados lo ubicaban en el percentil 5, interpretado como zona de riesgo.
En casa
Sus padres hablaban en voz baja por las noches. La imagen del expediente “L-17” flotaba en el pasillo como una sombra.
—¿Y si nunca logra pensar en red?— susurraba su padre.
—El especialista dijo que con apoyo puede aprender a fingir que piensa en niveles. — respondió su madre.
—Pero fingir no es ser... No quiero que pase la vida actuando— replicó su padre.
Su madre había leído algunos foros. Ella sabía que había nichos para los “lineales” como Lucas: revisar protocolos de seguridad o mantenimiento de sistemas antiguos. Tareas necesarias, pero vistas con una mezcla de lástima y alivio.
—Tal vez podría entrar al Programa de Adaptación Vocacional —sugirió su padre—. Dicen que algunos lineales trabajan muy bien en contabilidad de verificación.
—Tiene once años—respondió su madre, con la voz quebrada—. No quiero resignarlo todavía.
En el recreo
El patio era el lugar más difícil. Lucas observaba a los demás: ideas que saltaban de un tema a otro sin aviso, bromas que nacían, mutaban y morían en segundos, planes que parecían un caos pero que todos entendían a la perfección.
Él intentaba seguirlos. Para no quedarse fuera, Lucas se había convertido en un actor. Copiaba gestos, memorizaba reacciones y utilizaba frases que había aprendido como si fueran un manual de supervivencia, pero que calmaban a los adultos y a sus compañeros:
—”Depende de cómo lo mires.”
—”Hay muchas lecturas posibles.”
—”No es tan simple como parece.”
Las repetía como un escudo, aunque por dentro su mente gritara: ¡Sí es simple! Si hacemos A, pasará B.
A veces, cuando el grupo lanzaba ideas en espiral —todos hablando a la vez, construyendo sobre la mitad de la frase del anterior— Lucas sentía un mareo físico. Era como si su cerebro fuera un motor diseñado para una carretera recta, forzado de pronto a dar vueltas en un remolino.
Una tarde, su mejor amigo —un chico capaz de sostener siete hipótesis distintas mientras dibujaba con la mano izquierda— le puso una mano en el hombro y le dijo con una sonrisa triste:
— No te esfuerces tanto, Lucas. Todos sabemos que eres lineal, no piensas como nosotros. Está bien, de verdad.
Lucas le devolvió la sonrisa, pero esa noche lloró en su cuarto. Porque ese “está bien” era la confirmación de su soledad: lo aceptaban, pero como se acepta a alguien que habla un idioma que nadie más quiere aprender.
La estructura del mundo
Lo que más lo confundía era que el mundo necesitaba pensamiento lineal.
Alguien tenía que revisar que los puentes siguieran el orden correcto de construcción. Alguien tenía que verificar que las secuencias de código crítico no tuvieran saltos. Alguien tenía que llevar la contabilidad final, paso a paso, para asegurarse de que las simulaciones financieras en red no hubieran perdido un decimal.
Esos trabajos existían. Y quienes lo hacían —casi todos diagnosticados con TPLP— eran respetados de forma paternalista.
“Qué bueno que hay lineales para eso”, decía la gente.
“Son fundamentales”, agregaban. Pero nadie quería serlo.
En las escuelas, cuando un niño mostraba señales de pensamiento secuencial rígido, se activaban programas de estimulación temprana, juegos de pensamiento lateral, terapias de expansión cognitiva o talleres de ambigüedad creativa.
El mensaje implícito era claro: “esto se puede corregir, si empezamos a tiempo”.
La sesión
En terapia, después de meses de simulaciones y ejercicios, Lucas se atrevió a preguntar con su voz entrecortada:
— ¿Estoy roto?
La terapeuta, muy amablemente, negó con calma.
— No. Solo naciste con una mente que este mundo no espera. Lucas asintió, con naturalidad, como siempre.
— Pero... —continuó, con una voz pequeña—. Si alguien tiene que hacer esos trabajos... ¿por qué me enseñan a no ser así?
La terapeuta guardó silencio un momento demasiado largo.
—Porque queremos que tengas opciones —dijo finalmente—. Que no estés limitado.
—¿Y si yo no quiero diez opciones que me marean? —preguntó Lucas—. ¿Y si solo quiero una que funcione de verdad?
La terapeuta anotó algo en su tableta, actualizó el perfil y ajustó el protocolo. Pero no respondió la pregunta.
La paradoja
Esa noche, Lucas no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, tratando de encajar las piezas como si fueran bloques de madera que negaban unirse, y sólo sentía el peso de ser diferente.
Si en la escuela le decían que su mente era lenta y que debía aprender a “volar” como los demás… entonces ¿por qué luego escuchaba a su papá decir que los lineales eran los únicos que sabían construir un puente paso a paso o cuadrar una cuenta sin equivocarse?
Se detuvo. Su cabeza dolía cuando intentaba pensar en paradojas. Los demás podían sostener contradicciones sin que les molestara. Su cerebro se sentía como un nudo apretado. Intentar entender por qué los adultos querían “curarlo” de algo que luego usaban para que las cosas funcionaran le daba ganas de llorar. Era una trampa.
Una trampa circular en su mundo interior que lo obligaba a ir siempre en línea recta. Para él, era como tener dos imanes del mismo polo presionándose en su cerebro.
Apretó los puños bajo las sábanas. Solo quería que, por una vez, alguien lo mirara y no viera un diagnóstico o una herramienta, sino simplemente a Lucas.
Epílogo: 20 años después
Lucas trabajaba en el Departamento de Verificación Secuencial del Instituto Nacional de Infraestructura.
Su trabajo consistía en revisar, paso a paso, que los algoritmos de diseño generativo no hubieran cometido errores lógicos. Que el puente que habían imaginado en red pudiera realmente construirse en el mundo físico, donde las cosas sí tenían que ir en orden.
Era bueno en eso. Muy bueno.
Sus colegas—casi todos lineales, casi todos diagnosticados en la infancia—compartían un humor silencioso. Sabían que sin ellos, la mitad de las maravillas arquitectónicas del mundo se habrían colapsado.
Pero también sabían que sus hijos irían a las mismas terapias que ellos. Que les enseñarían a “pensar diferente”. Que crecerían avergonzados de hacer lo que sus padres hacían.
Un día, en una conferencia de inclusión neurodiversa, Lucas fue invitado a hablar. Le pidieron que compartiera “su experiencia superando el TPLP”.
Se quedó de pie frente al micrófono. Respiró.
Y dijo:
No lo superé. Sigo pensando en línea recta. Y está bien. Porque alguien tiene que hacerlo.
Hubo aplausos educados. Comprensivos. Paternalistas.
Pero entre el público, una madre con un hijo de once años recién diagnosticado, lloró en silencio.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la esperanza.
Porque tal vez —solo tal vez— su hijo no necesitaba ser arreglado. Solo necesitaba un mundo que dejara de confundir diferente con defectuoso.
Fin.
Mis conclusiones
Soy yo otra vez. No quiero robarle protagonismo al texto y quiero que cada uno de vosotros saque sus conclusiones y si tiene algo interesante que aportar o interpretar por favor que lo ponga en comentarios y enriquecemos este espacio con vuestras ideas o experiencias.
Dicho esto, no puedo evitar reflexionar y expresar como refleja este texto la propia vivencia de una persona que se descubre neurodivergente y como reacciona el mundo a su forma de ser y estar en él.
Es interesante la reflexión de que las personas divergentes se sienten raras por el simple hecho de ser minoría, como ha pasado muchas otras veces en la historia con este tipo de grupos. Si fuera al revés los que harían “Masking” serían los neurotípicos. Los que se forzarían a cambiar y a mostrarse de otra forma.
Con esto también se incluye el hecho del sentimiento de inferioridad o de superioridad por parte de unos y otros. ¿Por qué siempre tiene que hacer esto el ser humano? ¿Por qué no podemos conformarnos con entender que tenemos diferencias pero esto no nos hace especiales sobre los demás? Preguntas retoricas por supuesto.
Hacer una pequeña anotación por mi parte y es que en esta ocasión se habla de personas que siguen los pasos lógicos para realizar trabajos mentales mientras que los demás son caóticos y su pensamiento funciona en forma de red. Eso es un claro reflejo de lo que conocemos como pensamiento arborescente. Pero, con permiso del autor, no es una definición exacta de la realidad. Ya que muchas personas con TEA no son capaces de realizar una secuencia sin saltarse un paso. Es ficción. (para los quisquillosos, que me los conozco).
Y finalmente, este texto es una representación intimista y personal de los sentimientos que puede tener alguien que se siente diferente, en las propias etapas de un desarrollo personal que le lleva a la autenticidad, la asertividad y el orgullo de ser quien es, además de conseguir encontrar su lugar y su propósito en un mundo que, inicialmente, no parecía hecho para él.
Un abrazo,
Edgar

