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Transcripción

¿Te encuentras solo o solo estás desconectado?

La trampa de buscar compañia por miedo

Odio el storytelling de “héroe renacido de sus cenizas”.

Ya sabes, ese rollo de gurú que cuenta sus tragedias para venderte una revelación divina. Me he resistido mucho a contar mi historia por eso mismo. Mi vida no es una película de Hollywood; tiene las mismas vicisitudes que la de cualquier hijo de vecino.

Pero hace un tiempo, en una de mis sesiones, me salté el manual.

Le conté a una persona a la que acompaño que yo había pasado exactamente por lo mismo que ella y le explique en detalle como había sido. No hubo interferencias ni egos. Hubo un click. Hubo validación. Porque a veces, solo necesitamos saber que el de enfrente también se ha sentido como tu.

Así que, sin grandilocuencias, aquí tienes mi “experimento” de 40 años.

Quizás te veas reflejado en él.

Fase 1: El fantasma (0-20 años)

Durante dos décadas, fui la definición de introvertido.

Crecí marcado por la separación de mis padres y asumí roles que no me tocaban. Me convertí en un “adulto en miniatura”, responsable y cuidador, dejando de lado quién era yo para priorizar a los demás.

Mi realidad era esta:

  • En casa: Me debía al servicio. Autoestima baja y mucha carga mental.

  • En el colegio: Un fantasma. Me sentía identificado con Bastian de La historia interminable.

  • Socialmente: El “rarito”. Mis únicos amigos eran tan frikis como yo. Las chicas me parecían seres de otro planeta con los que era imposible interactuar.

Vivía hacia dentro. Me sentía seguro en mi mundo, pero desconectado del real.

Fase 2: Hiperactividad social (20-40 años)

Entonces, decidí cambiar. No fue consciente al principio, fue por imitación.

Me pegué a amigos rebeldes y extrovertidos. Absorbí sus habilidades, las probé y me construí una nueva personalidad. Dejé de ser el fantasma para ser el alma de la fiesta.

Me fui al otro extremo del péndulo:

  • El anfitrión perfecto: Organizaba las cenas, cocinaba, ponía la casa y recogía los platos rotos (literales y emocionales).

  • El salvador: Si alguien tenía un problema, ahí estaba yo. Escuchando y apoyando.

  • El seductor: Aprendí a “funcionar” con las mujeres y encadené relaciones largas con aventuras esporádicas.

  • El profesional: Me convertí en gerente, jefe de equipo y comercial. Vivía de convencer a desconocidos.

Parecía que había “vencido” a mi naturaleza. Pero era mentira.

El colapso

Acabé quemado. En todo.

Mis relaciones terminaron mal. Mi matrimonio fue un caldo de toxicidad. Dejé los grupos de amigos porque me drenaban la energía. Y el trabajo me regaló dos ataques de ansiedad.

Había pasado de la carencia absoluta (introversión extrema) al exceso insostenible (hiperactividad social).

Lo que aprendí al reconstruirme

No te voy a decir lo que tienes que hacer. Solo te diré lo que yo he entendido tras romperme en los dos extremos:

1. La diferencia entre estar solo vs. sentirse solo. La solitud (estar solo) es mi lugar feliz; ahí encuentro mi inspiración y descanso. Pero somos animales sociales: necesitamos a los demás para salir de nuestro ensimismamiento. El truco no es evitar a la gente, es elegir desde dónde te relacionas.

2. La tensión desapego vs. compromiso. Si te vas al apego total, dejas de ser tú mismo por los demás (mi etapa de “salvador”). Si te vas al desapego total, no conectas de forma honesta con nadie (mi etapa de “fantasma”).

Mi trabajo titánico (y el que sigo haciendo hoy) es calibrar ese punto medio.

Si al leer esto has sentido un pinchazo de “esto me suena”, necesito conocerte.

No eres un bicho raro. Lo que te pasa es normal. Y, sobre todo, tiene solución si dejamos de dar bandazos de un extremo al otro.

Si quieres que sigamos explorando esto juntos, cuéntame tu caso aquí abajo. No te voy a juzgar de forma alguna. Además, el apego ya no es una de mis conductas habituales, así que siéntete libre.

👉 [Enlace al formulario]

Un abrazo, Edgar.

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